Helen Keller y Anne Sullivan. Un podcast de Aló Miami.

¡Hola!

Bienvenidos al podcast de Aló Miami.

Aquí encontrarás curiosidades, historias, personajes históricos y problemas a los que se enfrenta la sociedad estadounidense.

Desmitifico el sueño americano y la vida en este país sin estado de bienestar.

¡Pero qué bien se venden!

Empezamos.

 

Hoy vengo a contaros una historia increíble: la historia de Helen Keller. Quizá no os suene de nada, pero en Estados Unidos Helen Keller es un personaje histórico muy importante que se estudia en los colegios, normalmente se cuenta su historia a los niños en educación primaria. El 27 de junio, día que era su cumpleaños, se conoce como el día de Helen Keller en Pensilvania y, en 1980, por el centenario de su nacimiento, el entonces presidente Jimmy Carter le hizo un homenaje. ¿Y por qué es tan importante? Porque Helen Keller fue una escritora prolífica y una activista comprometida políticamente con muchas causas a principios del siglo XX, que se dedicó a viajar por el mundo a dar charlas y a enseñar su sabiduría a los demás… y todo esto lo hizo a pesar de que Helen Keller ni podía ver, ni podía oír. Tenía sordera y ceguera totales. Sí, las dos cosas.

 

Y os preguntaréis: ¿y cómo se las apañó para aprender escribir? ¿Cómo se las apañó para aprender a hablar? ¿Cómo se las apañó para ser consciente de los problemas del mundo sin poder ver lo que había a su alrededor ni escuchar ni una palabra?  

Ya os he dicho que era una mujer increíble. Comencemos por el principio.  

 

Helen Adams Keller nació en el año 1880, como los turrones, en un pueblo llamado Tuscumbia, al norte de Alabama. Lugar que, hoy en día, es, literalmente un pueblo-museo en su honor. Nació en la casa que su abuelo había construido décadas antes, en una plantación, venía de una familia de clase media alta y tuvo un total de 4 hermanos: dos de padre y madre, y otros dos solo de padre, de un matrimonio anterior.

Su padre, Arthur Keller, había sido dueño de esclavos antes de la guerra, después fue capitán del bando confederado durante la guerra civil y también fue el editor del periódico local North Alabamian. Su madre, Catherine, era la hija de Charles W. Adams, un general que también luchó en el bando confederado. La familia tenia raíces suizas y, al parecer, uno de sus antepasados había sido el primer profesor para sordos en Zurich. Como Helen diría en su autobiografía: “no hay rey que no haya tenido a un esclavo entre sus antepasados ni esclavo que no haya tenido rey entre los suyos”.  

 

Helen nació con todos sus sentidos intactos, pero cuando tenia 19 meses contrajo una enfermedad, que se cree que pudo ser o bien fiebre escarlata o meningitis, el caso es que la dejó sorda y ciega siendo aún un bebé. Se medio comunicaba con la hija de la cocinera de la familia, que tenía 6 años y que entendía más o menos los signos que hacía Helen. Y para cuando Helen cumplió 6-7 años, ya tenía un repertorio de más de 60 signos que utilizaba cada día para comunicarse con su familia, y podía identificar quién entraba por la puerta al sentir la vibración de sus pisadas. Pero poco más: imaginad a una niña pululando a ciegas por la casa sin poder comunicar más que sus propios deseos, sin poder hacerle entender ninguna orden o proceso como lavarse, o comer sentada, o utilizar cubiertos, o vestirse… Todo eran pataletas, todo era frustración y Helen era una niña con mucha ira en su interior que, a medida que se iba haciendo mayor, era menos manejable por los adultos. Sus padres ya se planteaban muy seriamente meterla en una institución para el resto de su vida porque no sabían qué más hacer con ella.

Pero unos años antes, el escritor Charles Dickens’ había hecho un viaje por Estados Unidos y había escrito sus “American Notes”- una especie de cuaderno de viaje donde contaba qué le iba pareciendo este país y sus gentes. Cuando Dickens conoció en Boston a Laura Bridgman, la primera mujer sorda y ciega que había podido tener una educación que le permitiera leer braille y comunicarse, se quedó muy impresionado y escribió sobre ella. Y cuando la madre de Helen Keller leyó esta historia de Dickens, decidió que llevarían a su hija, que por aquel entonces tenía 6 o 7 años, a un médico especialista que había en Baltimore, para que él les diera su consejo, a ver si podían conseguir algo similar a lo que había conseguido Laura Bridgman.

 

El médico les recomendó a Alexander Graham Bell, que seguro que os suena como el inventor del teléfono. Pero Bell no solo fue un inventor, ingeniero y fundador del equivalente “yanqui” de Telefónica, la compañía AT&T, es que venía de una familia dedicada desde hacía varias generaciones al estudio de la fonación y de la locución. La madre de Bell era sorda y su mujer, también. Y en ese momento Alexander Graham Bell se dedicaba a trabajar con niños con discapacidad auditiva y aconsejó a la familia Keller que contactaran con el Colegio para Ciegos Perkins, al sur de Boston y allí decidieron contratar a una antigua alumna de ese mismo colegio, también con discapacidad visual, para ser la institutriz de Helen, viviendo con ellos en su casa de Alabama.

Y así fue como Anne Sullivan, de 20 años, se convirtió en una pieza clave de la vida de Helen, primero como institutriz y después como su dama de compañía y amiga. Porque Anne y Helen no se separarían durante los siguientes 50 años.

¿y cómo enseñas a una persona ciega qué es una taza, por ejemplo? Bueno, pues tan sencillo como darle una taza para que la coja, la palpe y la maneje mientras le explicas: bueno, pues mira, esto es una taza. Por aquí sujetas el asa para que no se derrame la leche, y por aquí bebes.

Claro, pero ¿cómo haces entender a una persona que no puede ver la taza y que no puede oír tu explicación, ¿qué es una taza? Pues lo que hizo Anne fue darle la taza en una mano, cogerle la otra mano y dibujar una T, una A, una Z y una A en la palma. TAZA.

¿Pero cómo explicar a Helen lo que estaba haciendo, el que lo que le escribía en la mano derecha era lo que ella sostenía con la mano izquierda? No podía. Y Helen no entendía nada. Cogía la taza con una mano y sentía unos dibujos en la otra mano y no ataba cabos. Y se frustraba, tiraba la taza al suelo, imaginaos.

Como más adelante contaría en su biografía: Helen no sabía que los signos que Anne dibujaba en su mano eran letras. No sabía lo que eran las letras ni que las letras formaban palabras. Ni que las palabras formaban frases. Pensadlo, todo lo que lo sabemos porque nos lo han contado. Es como si nosotros tuviésemos un lenguaje secreto y misterioso que Helen no era capaz de descifrar, viviendo en un mundo de silencio y a oscuras.

Pero Anne no desistió y siguió probando con cosas. Le daba una muñeca y lo mismo: objeto en una mano, deletreo en la otra. D-O-L-L, claro, en inglés, porque si llega a hacer eso en español con la ñ habría tenido mu mala baba. Esto lo hizo con muchos, muchos, muchos objetos durante todo un mes, sin demasiado éxito, hasta que un día se le ocurrió probar a enseñar a Helen el concepto de AGUA.

Puso una mano de Helen bajo un chorro de agua y en la otra empezó a dibujar la W, la A, la T, la E y la R de WATER. Una y otra vez. Y entonces, mientras sentía el agua corriendo entre los dedos, Helen por fin entendió lo que ella llamaría “el misterio del lenguaje” y ató cabos: lo que le estaba diciendo Anne en una mano era lo que podía sentir en la otra. Imaginad la felicidad que sintió Helen en ese momento, al por fin comprender y darse cuenta de que se le acababa de abrir la puerta al conocimiento y a la comunicación con otras personas, que iba a poder referirse a todas las cosas que pudiera sentir a través del tacto. En su biografía describió este momento como “el despertar de su alma, lo que le dio esperanza y la hizo libre”. Y entonces Helen quería saber cómo se llamaba todo, pidiéndole a Anne que deletreara para ella todos los objetos de la casa.

Un año después de que la institutriz Anne llegara a su vida, Helen ya estaba preparada para empezar a ir al Colegio para Ciegos Perkins y después de 5 años allí, Helen y Anne se mudaron a Nueva York juntas para ir a dos escuelas para sordos que hay allí, la Wright-Humason School for the Deaf y la Horace (HÓRESS) Mann School of the Deaf, donde aprendieron de Sarah Fuller, quien, a su vez, había sido discípula del gran Alexander Graham Bell.

En 1896, cuando Helen tenía 16 años, fue admitida en el Cambridge School for Young Ladies que, traducido al español sería el Colegio Cambridge para Señoritas, un colegio femenino que las preparaba para entrar en la universidad. Porque sí, en el año 1900, es decir, con 20 años justos, Helen Keller entró nada más y nada menos que en Harvard. Bueno, en Radcliffe College, que era el Harvard para chicas de la época, una universidad femenina de élite-porque era realmente parte de la Universidad de Harvard- antes de que Harvard aceptara ofrecer una educación mixta.

Porque recordad que faltaban todavía 20 años para que las mujeres tuvieran acceso al voto y por supuesto a las aulas de Harvard.

 

Por eso, hasta entonces, las niñas bien iban a universidades de chicas, y las “Seven Sisters”, las siete hermanas, eran los centros de más prestigio para la educación femenina, que se fundaron entre 1837 y 1889. Cuatro de ellas estaban en Massachussetts, dos en Nueva York y otra en Pensilvania. Y, por cierto, cinco de estas universidades siguen estando en activo con programas solo para chicas.

Estas universidades eran -y siguen siendo- carísimas, claro. Y aunque la familia de Helen no pasaba penurias, tampoco es que fueran ricos. Sin embargo, su caso había llegado a oídos de un escritor, un tal Mark Twain, que seguro que os suena y mucho, y él -admirado por el tesón de esta chica- le presentó a su, a la vez amigo, Henry Huttleston Rogers y a su mujer Abbie, que eran inmensamente ricos porque Henry Huttleston era uno de los grandes jefazos de una compañía llamada Standard Oil.

Hago un paréntesis aquí para contaros que Standard Oil es la empresa que fundaron John D. Rockefeller y Henry Flagler en Ohio, y que terminó monopolizando el negocio del petróleo en Estados Unidos. Rockefeller, después de que Standard Oil, del cual él era presidente y máximo accionista, se disolviera en muchas otras empresas pequeñas que siguen funcionando a día de hoy -como son las gasolineras Marathon, Chevron (SHÉVRON), ExxonMobil (EXXONMÓBIL), etc.- se convirtió en el hombre más rico de la historia moderna. A Henry Flagler, su socio, tampoco le fue mal en absoluto, porque se dedicó a hacer vías del tren por toda la costa este de Florida. De hecho, Henry Flagler está considerado como uno de los fundadores, junto con Julia Tuttle, de la ciudad de Miami. Pues bien, Henry Huttleston Rogers, que ya os digo que también era uno de los peces más gordos de Standard Oil, hizo lo mismo que Flagler en Florida, pero él llevó el tren a Virginia. Se hizo rico riquísimo y a partir de 1890 se dedicó a la filantropía. Fue mecenas de escritores como Booker T. Washington o Mark Twain y, cuando Mark Twain le dijo “Tienes que conocer a esta chica, es sorda y ciega, pero quiere ir a la Universidad”, Henry Huttletston decidió financiar sus estudios para que pudiera ir al mejor centro posible.

 

Helen, por tanto, aterrizó en Radcliffe, Massachussets, de la mano de Anne, literalmente hablando, y estudió allí hasta graduarse, cuatro años más tarde, con un Bachelor of Arts, que sería el equivalente a un Grado en Humanidades. Helen Keller se convirtió así en la primera persona con discapacidad auditiva y visual en conseguir un título universitario.  

Tenía 24 años cuando salió de la universidad. Helen Keller estaba llevando una vida casi milagrosamente normal. Su empeño en comunicarse de la manera más natural posible no tenía límites: aprendió a escribir y empezó a intercambiar correspondencia con un filósofo y pedagogo Austriaco al que ella admiraba, Wilhelm Jerusalem. Este hombre fue el primero en descubrir que Helen Keller no solo sabía escribir, sino que lo hacía con talento.

Helen también aprendió a “escuchar”, sin oír, a los demás, poniendo su mano en la boca de la persona que le hablaba e identificando cada palabra por el movimiento de los labios. Y, de la misma manera, aprendió a hablar a base de meterle la mano en la boca a Anne Sullivan y entender cómo ponía la lengua. Porque si Helen Keller fue una mujer verdaderamente extraordinaria, ahora vamos a hablar de Anne Sullivan, de su profesora. Quien es, en mi opinión, la gran heroína de esta historia.

Y si os parece trágica la historia de Helen, preparaos para conocer la de Anne.

Anne Sullivan había nacido en 1866, en un pueblito de Massachussetts. Sus padres habían llegado a Estados Unidos desde Irlanda, huyendo de la gran hambruna de la patata.

Su vida está llena de tragedias, empezando por la de que cuando tenía solo 5 años, Anne contrajera tracoma, una infección contagiosa en los ojos que hizo que perdiera la vista progresivamente y terminara casi completamente ciega. Además, cuando Anne tenía solo 8 añitos, su madre se murió de tuberculosis y su padre, que era un pieza, se vio incapaz de mantener a los hijos, así que terminó abandonándolos: a ella que era la mayor, y a sus dos hermanos pequeños.

Anne y su hermano Jimmie fueron enviados al asilo para niños pobres de Tewksbury una mezcla de hospital e institución mental, principalmente para niños inmigrantes de Irlanda, que había en Massachussets, mientras que su hermana Mary fue enviada a vivir con una tía.

En Tewksbury, Anne vivió un infierno, donde no solo vio morir a su hermanito de tuberculosis también sino que, como iba cada vez pudiendo ver menos, allí fue operada de los ojos un par de veces pero sin ningún éxito y mucho dolor. Además, ese lugar terminó siendo cerrado por la cantidad de declaraciones de niños salidos de allí donde contaban historias espeluznantes de abusos sexuales horribles, crueldad, maltrato físico y psicológico e incluso canibalismo.

Dos años más tarde de que saliera a la luz todo ese horror, Anne fue enviada a otro asilo, donde la operaron otras dos veces más de los ojos, pero sin resultados positivos así que la mandaron de vuelta a Tewksbury. Eso sí, en vez de alojarla esta vez en las plantas del hospital, la metieron junto con las madres solteras y las mujeres embarazadas que no estaban casadas, que se alojaban allí también.

En una inspección que hubo en 1880, cuando Anne tenía 14 añitos, Franklin Benjamin Sanborn, que era el inspector de los asilos y hospitales de caridad por aquella época, conoció a Anne, quien le rogó que le sacara de allí y la admitieran en el colegio Perkins para ciegos. Y así fue.

Allí fue donde Anne aprendió el lenguaje manual de signos que le enseñó Laura Bridgman, esa mujer que os he mencionado antes que fue la primera persona con sordera y ceguera que optó a una educación escolar. Además, durante esos años Anne siguió pasando por quirófano varias veces y su vista mejoró un poquito. Al terminar el colegio, era la mejor de su clase.  Y entonces fue cuando el director del centro le dijo: Anne, tengo un trabajo para ti: vas a ser la profesora de Helen Keller.

Y, a partir de ese momento, Anne dedicó toda su vida a Helen Keller.

Gracias a Anne, Helen aprendió a comunicarse con el mundo. En los primeros seis meses, Anne le enseñó casi 600 palabras a Helen, le enseñó Braille y le enseñó hasta algunas tablas de multiplicar. Gracias a Anne, Helen pudo escribir y publicar su primer libro, su autobiografía, que se llamó “El mundo en el que vivo” cuando tenía poco más de 20 años.

Mientras trabajaba en este libro, además, Anne conoció al que se convertiría en su marido, John Macy, que trabajaba en la universidad de Harvard y ayudó a editar el manuscrito de Helen. John se enamoró locamente de Anne Sullivan y, después de pedirle matrimonio varias veces, terminó consiguiendo que ella aceptara.

Se casaron en 1905, pero eso no significó que Anne abandonara a Helen. 1

Helen pasó a vivir con ellos dos en su casa de Massachussets, porque las dos mujeres eran inseparables y, porque, además, Anne acompañaba a Helen en sus viajes dando charlas y contando su experiencia. Porque, a pesar de que Helen aprendió a hablar, nunca consiguió hablar con un tono normal y era difícil entenderla, por lo que Anne hacía las veces de traductora instantánea. Os pongo un trozo de un video donde Anne explica a su audiencia cómo enseñó a Helen a hablar. Os lo dejaré completo en las notas de este podcast en mi blog alomiami.wordpress.com pero escuchad cómo Anne dice: I am not dumb – no soy tonta, y Helen lo repite: I-AM-NOT-DUMB

https://www.youtube.com/watch?v=XdTUSignq7Y

 

Gracias a la convivencia con John Macy, el marido de Anne, además Helen Keller descubrió la política. Mientras que Anne Sullivan tenía una visión del mundo y sus valores mucho más conservadora, John Macy era un socialista de los pies a la cabeza, y se escribía con otros autores para hablar de política y de literatura. Su visión del mundo caló muy hondo en Helen Keller y terminaron compartiendo la misma opinión, a pesar de ir en contra la posición de Anne Sullivan. En 1905, Helen Keller se unió al Partido Socialista de Estados Unidos, incluso, y se involucró muchísimo en la lucha por los derechos de la mujer, por la mejora de los derechos laborales y por la ayuda estatal a los discapacitados y a los más necesitados.  

Pero seguramente por la intrusión de Helen Keller en su matrimonio, la pareja formada por Anne Sullivan y John Macy se terminó rompiendo unos años más tarde y, a partir de ahí, Anne empezó a sufrir muchos problemas de salud. Sus ojos se seguían deteriorando y causándole dolores, así que en los años 20 terminó teniendo que delegar algunas labores en Polly Thomson, una mujer escocesa que fue contratada para ser la secretaria de Helen. Polly no tenía experiencia alguna de trabajo con discapacitados pero fue aprendiendo y, años más tarde, cuando Anne murió en 1936, ella tomó el relevo y siguió acompañando a Helen por su recorrido por el mundo.

Porque Helen, a lo largo de su vida, no paró. Desde 1946 hasta 1957, Helen visitó 35 países en los viajes que realizó, dando charlas acerca de derechos humanos y de superación personal, hasta cumplir los 77 años. Conoció, a lo largo de su vida, a 13 presidentes del Gobierno de Estados Unidos: desde Grover Cleveland cuando solo era una niña hasta el último que fue Lyndon Johnson, el cual le otorgó, poco antes de que Helen falleciera, la Presidential Medal of Freedom, el mayor reconocimiento civil que te pueden dar en Estados Unidos. 

 

Hellen publicó 14 libros, escribió 500 artículos, consiguió que el Braille se convirtiera en la lengua escrita oficial para ciegos en Estados Unidos. Cuando tenía 35 años donó $100 a la Asociación Nacional por el avance de la gente de Color (la NAACP) y salió en su periódico, a pesar de que vivía por aquel entonces en Alabama y el apoyar a los negros en un estado donde los linchamientos estaban por aquel entonces a la orden del día, era todo un riesgo para ella y para su familia. En 1920, año que, como os digo, la mujer logró el derecho al voto, Helen Keller cofundó, junto con otras 9 personas, la Unión Americana de Libertades Civiles, la ACLU, que sigue siendo, hoy en día, una organización sin ánimo de lucro líder en luchar por los derechos de las minorías.

 

Era principios del siglo XX pero Helen Keller fue una gran impulsora de los métodos anticonceptivos: escribió muchos artículos y se pronunció varias veces al respecto.

 

Por sus ideas socialistas, fue vigilada durante unos 30 años de su vida por el FBI, ya que, al ser considerada una educadora, se temía que sus ideas “radicales” fueran transmitidas a la población.  En los archivos del FBI aparece el dato de que Helen Keller transmitió sus condolencias a la familia de Ella Bloor, una mujer muy relevante en la lucha por los derechos de la mujer y también del partido comunista de Estados Unidos, lo cual era todo muy sospechoso.

 

Y es más, Helen también tuvo una carrera artística: hizo de sí misma en la película Deliverance, de 1919, trabajó haciendo Vodevil, teatro de variedades, en los años 20 y se hizo muy amiga de Charles Chaplin.

Y en 1955, a los 75 años, ganó un Oscar por el documental sobre su vida llamado “Helen Keller: in her Story”

 

Además, la obra de teatro “The miracle worker”, también sobre su vida, que William Gibson escribió en 1959, ganó un premio Pulitzer en 1960 y cuando se llevó al cine, también se llevó varios oscars: uno lo ganó Anne Bancroft por mejor actriz interpretando a Anne Sullivan y el oscar a mejor actriz secundaria se lo llevó Patty Duke por su papel de Helen Keller.

 

Es que a Helen Keller incluso se le atribuye el éxito de la raza de perro Akita Inu en Estados Unidos. Helen, amante amantísima de los perros, por los que se acompañó toda su vida, recibió un Akita como regalo del gobierno japonés en 1937 en agradecimiento por introducir la raza en América. Un perro que, según Helen, era un amor, y se llamaba Kamikaze.

 

¿Fue o no, una mujer increíble? Esta historia de superación a mi me dejó alucinada. Espero que a vosotros también os haya gustado y, si es así, porfa, dejadme una valoración positiva en Apple podcasts o en la plataforma donde estéis escuchando, y recomendéis este episodio por ahí a quien un día se sienta que no puede con la vida. Helen Keller no podía ver ni oír y, aún así, estaba perfectamente enterada de las injusticias de su alrededor, era empática con el sufrimiento ajeno, se preocupaba por luchar por los derechos de los demás y tenía una curiosidad insaciable por seguir aprendiendo. Anne Sullivan no podía apenas ver y le dolieron los ojos prácticamente toda su vida, y aún así se dedicó en cuerpo y alma a ayudar a otra persona que veía aún menos que ella. Qué maravilla de mujeres, ¿no?

 

Lo dicho, os dejo algunas notas en el blog alomiami.wordpress.com y me despido hasta el siguiente episodio.

Un abrazo,

Ciaooo

 

 

 

 

https://www.afb.org/blog/entry/helen-keller-her-story-best-feature-length-documentary-1955

https://www.biography.com/activist/anne-sullivan

https://www.history.com/this-day-in-history/helen-keller-meets-her-miracle-worker

https://www.perkins.org/stories/helen-keller-a-life-with-dogs

Película “The Miracle Worker”, 1962

Agradecimientos a Aló Miami por su colaboración y autorización para realizar este vídeo a partir de su podcast.

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